Por qué las medallas, los honores y los premios nos alegran tanto?

Por qué las medallas, los honores y los premios nos alegran tanto?

Las medallas y los honores no enriquecen a la gente, pero sí la hacen feliz, incluso cuando no cumplen ningún propósito.

La semana pasada estaba pensando sobre el deseo de William Shakespeare de que le dieran un escudo de armas y un título nobiliario.

Eventualmente el Colegio de Armas, la autoridad de los títulos nobiliarios en Reino Unido,le concedió el escudo heráldico a su padre, John, en reconocimiento por los servicios prestados por su bisabuelo al rey Enrique VII.

Pero al recordar eso lo que me intrigó es¿por qué Shakespeare querría un escudo?

¿Qué tienen los honores y las relucientes bagatelas, medallas, condecoraciones y lemas que puede llevar a un hombre de tal genio a anhelarlos?

Un hombre que, dicho sea de paso, sabía todo lo que hay que saber sobre “la pompa, reputación” y la irrelevancia general de todas las cosas de este mundo.

Confieso que he pecado

Debo declarar inmediatamente que estoy tirando la piedra sin estar libre de culpas: fui condecorado por Francia como caballero de un imperio inexistente, el chevalierde la República Francesa de Artes y Letras.

No me da derecho a nada, ni poder para hacer nada, pero para mí tiene un gran significado.

La medalla la usé toda la noche en la que me la entregaron, a pesar de las burlas de mi familia y las miradas estupefactas de los meseros en un restaurante.

Y aprovecho cualquier ocasión, así sea sólo medio formal, para ponerme la cinta que debes usar en lugar de la medalla, para que no piensen que tienes mal gusto.

¿Qué nos hace querer honores sabiendo que terminan humillándonos? ¿Por qué queremos premios, desde los literarios hasta los de juguete?

Pues precisamente ese sistema de honores francés que existe en la actualidad es un buen caso para explorar la psicología de los honores y las condecoraciones, pues su origen puede rastrearse en gran medida a un par de regentes astutos y cínicos: Luis XIV y Napoleón.

Premiar para gobernar

Por qué las medallas, los honores y los premios nos alegran tanto

Tras construir Versalles, Luis XIV entendió que una de las mejores formas de evitar que sus pendencieros y rebeldes cortesanos fueran pendencieros y rebeldes contra él era ofrecerles mil pequeños honores, cortesías y ascensos, de manera que se volvieran pendencieros y rebeldes entre ellos.

Ya eran nobles, así que no los podía ‘ennoblecer’ más.

No obstante, el que se les permitiera estar presentes cuando el rey se despertaba o se iba a acostar, o una invitación a Marly, el pabellón de caza del rey, era un honor muy valorado.

En una maniobra diabólicamente astuta, a pesar de que él era un hombre más bien opaco, Luis XIV hacía que los nobles pidieran ser invitados: se paraban al pie de su cama diciendo “¿Marly? ¿Marly? como niños de 12 años pidiendo permiso para quedarse despiertos tarde para ver televisión.

Y funcionó.

Como cuenta San Simon, el cronista de la corte, los nobles estaban tan preocupados con los insignificantes honores que se olvidaron de que todo el poder estaba en manos de un sólo hombre.

Un siglo más tarde, Napoleón refinó este sistema extendiéndolo a la gente común, creando una gama de condecoraciones, medallas y órdenes honoríficas que mantuvieron a sus generales de baja cuna y los nobles recientemente nombrados en línea.

Y funcionó.

Funcionó dos veces.

Ante la opción de conspirar para tomarse el poder o anhelar un premio sin significado alguno, los implicados generalmente escogían el premio, o al menos un número suficiente lo hacía las veces suficientes para frustrar cualquier conspiración.

En el país de las maravillas

Hay incluso un nombre para este efecto en las ciencias sociales, llamado “el efecto de premio Dodo”.

La inspiración para el nombre viene de una escena de “Alicia en el país de las maravillas” en la que Alicia, tras observar una desorganizada carrera entre muchos animales, le pregunta al dodo quién ganó.

“Todos ganaron”, le contesta el dodo, “y todos deben recibir premios”.

El dodo hace que Alicia les dé a todos los animales los pequeños dulces que tiene en su bolsillo como premios y, como ella también se merece uno, el dodo le pide a Alicia que le regale su propio dedal y paso seguido se lo devuelve como premio.

Por qué las medallas, los honores y los premios nos alegran tanto

A Alicia la situación le parece “muy absurda”, pero la sagaz perspicacia de Lewis Carroll es que todos los animales, e incluso Alicia, están felices con sus premios a pesar de todo.

La obvia naturaleza arbitraria de la otorgación de premios no tiene absolutamente ningún efecto en la autoridad del premio o el placer de recibirlo.

Queremos honores, no premios merecidos

El efecto dodo se origina en el estudio de psicoterapia: todas las formas de psicoterapia parecen ser igualmente eficientes; lo que es terapéutico es la idea de la terapia.

Obviamente, esta teoría es muy disputada por los psicoterapistas.

Pero el efecto dodo es evidente en muchas esferas.

Piensa en los premios al cine y la música: hay tantos que eventualmente es muy posible recibir uno.

La reacción humana a sentirse impotente es ira; la reacción humana a no recibir un premio es inventarse otro.

Sin embargo, hay un lado positivo en el efecto dodo.

La competencia por estatus sin sentido nos demuestra, en secreto, que el estatus no tiene sentido.

Todos sabemos que los premios no tienen valor, pero los queremos en todo caso. Y que todo el mundo los reciba, no hace que los deseemos menos.

amos a la guerra para conseguir poder, pero hacemos la paz con premios.

Así que, volviendo a la pregunta del principio, ¿por qué Shakespeare quería un escudo heráldico?

Shakespeare quería un honor no para sentirse superior a los demás sino para sentirse mejor consigo mismo.

¿Para qué?

Para mantenerlo en una caja. Y a veces, en la noche, lo sacaba y lo miraba.

Fuente:

Por qué las medallas, los honores y los premios nos alegran tanto

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