¿Quién será el nuevo amo del dinero en Estados Unidos?

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Ben Bernanke dejará su silla, salvo sorpresa, el próximo mes de enero. Se cree que el actual presidente de la Reserva Federal no pretende optar a un segundo mandato. La Casa Blanca prepara ya una selección de candidatos para sustituir al que ha sido el gran artífice de la recuperación económica del país tras la Gran Recesión.

La política de intervencionismo monetario de Bernanke no es del agrado de todos. Cierta parte de la derecha ha sido contundente contra su mandato: el ex candidato republicano Ron Paul llegó a llamarle «traidor». Tampoco cae muy bien a la izquierda más radical: el movimiento Ocupar Wall Street lo considera un padrino que regala subvenciones a los brokers y la banca.

Para otros, Bernanke es, de hecho, el responsable último de la recuperación económica estadounidense; el timonel que consiguió evitar que el barco naufragara dos veces: la primera, durante la crisis generada por la quiebra de Lehman Brothers. La segunda vez, en el verano de 2011, cuando la mayoría de los economistas consideraban que otra recesión era inevitable.

Precisamente por todo ello la elección del sucesor es tan relevante. Se trata quizá de la mayor decisión económica que tenga que tomar Barack Obama en los próximos meses. Recordemos que al llegar a la Casa Blanca el presidente decidió mantener a Bernanke en su puesto, a pesar de que lo había elegido George W. Bush.

¿Por quién se decantará Obama ahora? Sus asesores están preparando una lista de candidatos. Aunque por el momento todo es secreto, informaciones de personas involucradas en la preselección han saltado a diarios económicos como el Wall Street Journal.

La favorita es Janet Yellen, actual vicepresidenta de la Fed. Es una de las opciones más probables, sobre todo si lo que se quiere es continuidad en la estrategia que ha aplicado Bernanke. Yellen es del partido demócrata y trabajó ya para la administración de Bill Clinton. Es la mano derecha de Bernanke, y «pura Fed», pues allí ha desarrollado gran parte de su carrera. Además, ha sido presidenta de la Fed de San Francisco.

Timothy Geithner, hasta hace poco secretario del Tesoro, el equivalente a ministro de Hacienda, es otro de los candidatos mejor situados. Ha sido una pieza clave en el puzzle de los rescates bancarios, y ha tenido que enfrentarse a varias crisis fiscales y amenazas de cierre de gobierno por falta de fondos. El único problema es que él ha dicho en varias ocasiones que no busca esa silla.

Larry Summers sería otra opción razonable. Para empezar porque era el nombre que sonaba cuando Obama decidió que continuara Bernanke. Después, porque ha sido uno de los principales asesores económicos del presidente. Summers sería además una figura muy del agrado de las bases demócratas. En el famoso pulso con Geithner previo al rescate de los bancos, Summers consideró que tendría que exigirse a al sector financiero condiciones mucho más duras antes de prestarles el dinero, mientras que Geithner prefería no revolver más las aguas, y ganó el favor de Obama. Precisamente por esa orientación política, Summers podría estar más enfrentado a los mercados, en particular a los de bonos, que son un factor clave en esta decisión. Un candidato que generara desconfianza produce más inestabilidad y tipos de interés más alto para el papel americano.

Hay otros posibles nombres, como Roger Ferguson, profesor de Princeton que fue consejero de Obama durante la campaña de 2008.

La decisión trasciende las fronteras: los designios de Europa están profundamente ligados a los de su primer socio comercial, y éstos a la política monetaria que se vaya a aplicar. La Reserva Federal ya ha ido advirtiendo de que la época dorada de los estímulos monetarios tiene que ir tocando a su fin, y parece que va a ir reduciendo su abultada cartera de activos de forma gradual a partir del último trimestre del año. Del capitán que dirija ese proceso, duro y complicado, depende en parte el éxito de la estrategia de salida de la Fed. El nombre elegido será presentado por Obama en algún momento de este verano o principios de otoño, para que el Congreso lo examine y le dé el visto bueno.