Yo quiero ser inversionista

Renegociar las condiciones para los inversionistas extranjeros y eliminar los tratamientos favorables frente a los demás capitalistas no hará necesario una reforma que implique un aumento en los impuestos.

En ocasiones las cifras desconciertan. En un ejercicio simple de los resultados de la balanza de pagos se encuentra cómo, para el periodo comprendido entre 1991 y el año 2009, la cuenta de capital y financiera arroja una cifra neta de ingresos de 66.180 millones de dólares (ingresos y egresos externos de capitales), mientras que la renta neta factorial (en esencia ingresos y egresos netos de utilidades) que como en el caso de la cuenta de capitales corresponden en más del 95% a flujos de dinero de las empresas multinacionales, fue para el mismo periodo de 70.602 millones de dólares.

Sin ir tan lejos, en el período 2006-2009 ingresaron 26.000 millones de dólares y egresaron 27.000 millones de dólares, y en el año 2009 los ingresos alcanzaron 6.500 millones de dólares y los egresos 9.500 millones de dólares.

Es el paraíso de la confianza inversionista: sin controles de ninguna especie a los capitales y seguridad ilimitada. Si a lo anterior se suman las exenciones y las prebendas que existen en la materia, los inversionistas, especialmente los extranjeros, encontraron el ‘paraíso perdido’.

Estoy convencido que la inversión extranjera es buena para el crecimiento mundial, lo que me preocupa es cuando encuentro que los beneficios obtenidos de ese crecimiento se distribuyen únicamente entre los inversionistas y que, poco o casi nada, queda para contribuir a su desarrollo en los países que reciben las inversiones.

Si a ello le sumamos que, por ejemplo, en el caso de Colombia, la inversión para la extracción de recursos naturales genera muy poco empleo, no existen exigencias de transferencia o adaptación tecnológica, los porcentajes por regalías se encuentran entre los más bajos del planeta y son recursos naturales no renovables, nos encontramos en un mundo al revés e injusto para los países receptores.

Si lo presentado es cierto, es necesario pensar en la renegociación de las condiciones de inversión, ya sea para que se paguen mayores porcentajes por regalías o estableciendo mayores impuestos sobre las utilidades o las transferencias. Eso lo han hecho en los últimos años diferentes países en Suramérica y no se ha minado la denominada ‘confianza inversionista’. Para las multinacionales será un poco menos bueno, pero sus resultados continuarán siendo excepcionales.

El Gobierno Santos tiene dificultades fiscales de corto y largo plazo, heredadas de las administraciones, especialmente de los últimos años. Renegociar las condiciones para los inversionistas extranjeros y eliminar los tratamientos favorables frente a los demás capitalistas y a la sociedad en general, no hará necesario ni siquiera una reforma que implique un aumento en los impuestos, simplemente equilibrar las condiciones para todos.

Sin exagerar, no entiendo por qué se quiere acelerar la aprobación de un tratado como el de libre comercio con EE. UU., que se constituye en el más draconiano de los suscritos en el mundo en cuanto a favorabilidad a los inversionistas extranjeros, incluida la Inversión Extranjera Directa en bienes y servicios, capital de portafolio, propiedad intelectual y hasta deuda externa y que ni siquiera incluye cláusula de salvaguardia por crisis en la balanza de pagos.

Ya que no se quiere renegociar el tratado, deberían efectuarse las reformas necesarias antes de que entre en vigencia. La renuncia a la soberanía en las condiciones descritas es irracional e injusta para todos, salvo que uno sea aliado de los inversionistas extranjeros.

Fuente:

Yo quiero ser inversionista

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Germán Umaña Mendoza